Parada obligatoria en "El Rey de los Chicharrones de Aragua" donde papá, aparte de los chicharrones se llevaba sus patitas de cochino ... Eran de EL, porque ni mi hermano ni yo las queríamos ver, mucho menos comer!
EL paisaje nos los sabíamos de memoria. Y las curvas que se sucedían una a la otra siempre me mareaban. Seguía el paso por el Arco que separaba nuestro Estado Aragua del Estado Guárico. Unas curvitas más y estaríamos estacionando frente a la casa de la Tía Anita y el Tío Guedez.
El Tío Guedez era el esposo de Mi Tía Ana Solórzano. Ella fue por mucho tiempo el único familiar directo de mi papá. Hermanita de padre y madre de quien fue por once años papá de mi papá.Vivían en San Juan de los Morros y su casa comenzaba en la calle y terminaba en los linderos del río.
"¿Que hubo?"
Era el saludo de mi papá a los vecinos. Ahora recuerdo que siempre estaban afuera, como que sabían la hora de nuestro arribo.
"Pero esos muchachos lo ponen viejo a uno Juan". "Si están grandes"
Y mi hermano y yo nos veíamos: "¿Como puedes crecer tanto en tan sólo una semana?"
Y bajábamos 37 escalones, recorríamos un camino de piedras bajo la sombra de dos árboles gigantes y acompañados de un millar de helechos.
"Bueeeenas" - decía mi papa, cruzando la puerta gigante y angosta de dos hojas.
Y la respuesta desde el fondo de la casa - "Bueeeenas, llegaron!"
Y enseguida la bendición de la Tía, no muy dada a los abrazos ni a los besos y el alborotar de cabellos del Tío querendón.
Ella venía del patio trasero.
El estaba en la sala.
Ella venía de montar la olla en el fogón.
El dejaba su telar de chinchorros y desde allí hasta cuando nos despedía estaba pendiente de cada pedido. Más de aquellos que no hacíamos. Siempre leyendo tus pensamientos, adelantándose a tus deseos.
Dos seres increíblemente opuestos en caracteres.
A ella no la escuchabas, porque no paraba de hablar. A el le disfrutabas desde el silencio cómplice. Hoy lo intento, más no puedo recordar su voz.
Ella delgada y de manos largas y hasta huesudas. El regordete y con manos dispuestas al trabajo duro del campo.
Ella nunca tenía nada, un eterno quejido. El se brindaba todo, que Dios proveerá.
Ella de tez "amarilla", como digo yo
El de tez morena, curtida por el trabajo de sol a sol.
"Allí le traje la broma" - decía papá. Y ella tomaba la bolsa y se iba a la cocina. Para llegar a ella pasaba por debajo de las cortinas que separaban la sala, cruzaba un pasillo corto, donde quedaban dos cuartos, uno a cada lado y al terminar el pasillo, a mano derecha una cocina donde no entre mientras ella me viera, porque ese era SU territorio.
Mientras el tío Guedez conversaba horas y horas con mi mamá y mi papá. Preguntando por todos. Con la voz muy queda. Sólo interrumpido por el grito desde la cocina de la Tía Ana, "Guedez? porque no buscas en el escaparate un cariñito para los muchachos?"
Y se levantaba con su caminar lento, no se si por que era su paso normal o por atrasar con picardía el momento de ver "el cariñito"
Y traía de vuelta un detallito: un trompo, un carrito, una paquete de metras, una muñequita, una cesta de flores, una plancha que se "conectaba" a la pared con el "enchufe" de goma...
Y al Tío le brillaban más los ojitos que a nosotros.
Y salíamos con nuestros regalos al frente de la reja que nos comunicaba al paraíso: El patio trasero. Una enorme mata de mamón nos recibía con los brazotes abiertos y la carga de sus frutos a nuestra disposición.
Para mi era un patio interminable, caminabas y caminabas, bajabas y bajabas y aún era la casa de ellos!
Un camino de matas de mango y de ciruela nos trasladaban hasta los linderos del río. Ese río que a veces era un hilito, pero a veces me asustaba porque cada año se "llevaba" un pedacito del patio.
Y nunca faltaba un vecinito que conversaba con nosotros de mata a mata, de patio a patio. Y jamás se pasaban para el de los tíos, por temor a la Tía Ana.
Y subíamos las matas, que siempre fue lo más fácil. El bajarse algunas veces resultaba aparatoso. Con raspones incorporados y una que otra rama rota. Sin hablar de la vergüenza de bajar de esa manera.
Más no sé como lo hacía, pero quien llegaba primero para atendernos y consolarnos era el Tío Guedez. Y en su silencio te reconfortaba tanto. Y era mejor que fuese el. Porque la retahíla de "se los dije" de la Tía causaban más dolor que el propio golpe.
Así pasamos años. Con cada sábado o domingo haciendo el mismo recorrido.
Hasta vacaciones de una semana nos llegamos a pasar allí.
Y en las noches el cantar de los grillitos y el croar de las ranitas acompañaban nuestros sueños. Sueños en camas angostas y cobijas gruesas porque el frío era increíble. Sueños acompañados del aroma de casa vieja, del cariño del Tío Guedez y del estilo de la Tía Ana.
Y un día viajamos a San Juan entre semana. Y había una multitud en la casa habitualmente sola. Y en el lugar del telar estaba un cama de cedro. Y dentro de ella dormía apaciblemente el Tío querendón.
Nunca pregunte que paso, ni porque.
Sólo sé que a partir de allí, no queríamos regresar a la cita de los fines de semana.
Y tampoco hubo más detallitos. Porque el responsable de los detalles ya no estaba, ni su abrazo de oso, ni su alborotar de cabellos. Ni su amorosa disposición al consuelo, ni los ojitos brillantes de tanto amor.
Hoy hace ya más de 33 años que partió.
Hoy revivo su ausencia en la partida del Tío de mi queridísima Waiting.
Hoy mis oraciones van a Holanda y regresan.